Etiquetado: Ortega y Gasset

Pensar la ‘teliatría’ (con Jorge Acevedo Guerra)

«Para Husserl, la Tierra es, ante todo, suelo (Boden); para Ortega, aquello que me sostiene firmemente; para Heidegger, la portadora (Tragende). La Tierra, pues, tendría para los tres cierto carácter de “fundamento” que, por cierto, sería necesario precisar en cada caso. Lo que es claro, no obstante, es que la teliatríaneologismo que remite a Tellus (lat.), Tierra, y a iatreía (gr.), curación, y que convendría poner en uso—, ya tiene cierta base filosófica que, a la postre, puede jugar un papel de la mayor importancia al abordar problemas que afectan hasta a los más alejados de toda teoría.» (p. 3)

Texto completo del profesor chileno aquí.

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Francisco Giner de los Ríos

Efemérides de Francisco Giner de los Ríos. Un pionero ecologista ibérico

«Con todos los seres naturales, desde la planta al animal, nos hallamos obligados jurídicamente, de modo que usemos de ellos para fines tan sólo de razón, no ya por mero deber hacia nosotros mismos, o para con Dios, sino para ellos y su propio derecho.» (Giner de los Ríos, rondando 1890)

En el 175 aniversario de su nacimiento…

Francisco Giner de los Ríos

Francisco Giner de los Ríos, gran maestro reconocido por Ortega y Gasset, fue uno de los primeros intelectuales españoles que se desmarca del conservacionismo forestalista (casi siempre marcado por el utilitarismo y la visión económica) para dar paso a una nueva ecología basada en la noción de paisaje (con un profundo sentido estético y, ojo, espiritual, de filia hacia el paisaje). Giner de los Ríos ocupa, sin duda, lugar especial en el panteón ecologista ibérico. Como se ve en la entradilla, Giner tenía un punto de vista muy actual, y todavía harto polémico, acerca de las ‘obligaciones’ hacia los habitantes del ecosistema. Y eso sin hablar de su papel en la renovación pedagógica de España, su activismo político, etc., etc., etc…

Francisco Giner de los Ríos

Francisco Giner de los Ríos

Ortega le dedicó un desgarrado texto a su muerte -que se puede leer en el T. VII de las O.C.-  «La fuente a muerto» y afirma «ha sido don Francisco Giner de los Ríos el único manantial de entusiasmo que hemos hallado en nuestro camino» (p. 403).

Acá les dejo algunos enlaces sobre su proyecto político, su relación con Ortega y su ecología.

El misterioso ‘ursucéfalo’

(Sobre lo que la ecología, a veces, no es)

«Una ensordecedora algarabía llegó entonces del lado donde tienen sus jaulones los simios. Eran los cinocéfalos que representaban su tenaz comedia religiosa, saludando entre ridículos saltos, un rayo del sol dorado y nuevo que se quebraba en los hierros de su jaula» (Ortega y Gasset, O.C. ed. Taurus, T. VII, p. 37).

 

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[…]

Os enlazo un breve ensayo sobre la “paradoja del ursucéfalo”; trata de una propuesta cultural que en su trasfondo pretende ser ecologista y en realidad no lo es. Resta decir que no es el único comportamiento en detrimento del ecologismo, ni el que mayor impacto tiene, lo importante es que lo llevan a cabo pseudoecologistas -en realidad casi participes de una ecología muy profunda- que se autoengañan.

(Un abrazo muy fuerte para los que, pese a todo y aunque tal vez no volviéramos a ir, allí estuvimos cuando el bosque nos habló…)

Leer el artículo en El Librepensador

frag.: «…esto es lo que de algún modo puede considerarse una disrupción herética de su propio dogma: una herejía. Pensar por el oso, implica más bien comprender la necesidad de preservar las condiciones de estabilidad favorables a su conservación como especie; los asistentes y organizadores del festival, deberíamos haber valorado las posibilidades de materializar una celebración de esas dimensiones sin alterar negativamente las condiciones del ecosistema receptor

Pensando para el mundo de los vivos, aunque desde una isla y entre muertos

Caronte isla de muertos

Composición a partir de “La isla de los muertos” y “La barca de Caronte”.

«La filosofía no es un decir a otro, sino un decirse a sí mismo. No es faena de sociedad, sino menester de soledad. Filosofía es una especie de robinsonismo. Lo específico estriba en que el Robinsón filosófico no vive en una isla desierta, sino en una “isla desertada”, cuyos habitantes anteriores han muerto todos. Es la Isla de los Muertos: de los filósofos muertos, únicos compañeros de que la filosofía, en su soledad, ha menester y con quienes tiene trato» (Ortega y Gasset, La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva).

Esta entrada está pensada para defender a un colega Robinsón que se enzarzaba en una difícil discusión de la que, por otra parte, no tomaré yo partido. El caso es que mi colega, y lo digo en el sentido de que lo siento cercano por su ánimo de pensamiento crítico, respaldaba su opción respecto de las próximas elecciones europeas –recuerden que ‘hoy’ estamos en mayo de 2014- en la lectura de textos clásicos que viene realizando. Al margen del desarrollo de dicha discusión, que versaba entre votar o no, me llamó la atención la reaparición de un par de comentarios en mi opinión bastante manidos.

El primero fue la afirmación, como un gran descubrimiento, de que los libros también están manipulados. En efecto, yo todavía no he podido escribir lo que se dice un “libro completo”, aunque no me falta material disperso para reunir un buen legajo; no obstante, puedo, y lo mismo harían muchos de ustedes, decir con toda seguridad que sí, que cada una de las frases que escribo está severamente manipulada, paladeada, degustada, dicha y redicha, repensada hasta el punto que me acuesto y fragmentos de lo que vengo de escribir me asaltan obsesivamente y me reclaman que los considere. Además, en última instancia, cualquier autor, que no digo que yo lo sea, sueña con que sus libros sean posteriormente muy manipulados por todos aquellos/as lectores/as que pudiera encontrarse en el camino de su distribución. Otro asunto muy distinto es la medida en que los autores que uno lea estén manipulados, o sea si alguien les ha pagado por poner en texto lo que ponen. En definitiva, la misma idea de ‘libro’ es de por sí una manipulación, en tanto que proyecto compuesto por un relativo objetivo performativo. Todo mensaje es una manipulación, pero a dos bandas: emisor y receptor; más le vale al último abordar los libros con la perspectiva crítica adecuada, pues, todo sea dicho de paso, ningún libro deja de enseñarte algo, aunque sea ‘rebeldía’ y, por mi parte sí, revolución.

El segundo argumento fue una frase que no era la primera vez, ni mucho menos, que veía: «La vida está ahí fuera, con las personas, no entre libros y cuatro paredes». En principio, nada que objetar; aunque la vida, o al menos lo que se dice “mi vida”, creo que también está dentro de mí mismo y no tanto con las personas, pues estaría yo muerto de ser así. Tenemos así en primer lugar que el filósofo, o más bien diremos el pensador, no está totalmente desvinculado del mundo de la vida cuando se aísla a meditar, pues él mismo es unidad indivisible del holón ‘vida’–decimos ‘unidad’ por decir algo, pues consideren la cantidad de microorganismos que sobreviven (¡y que nos ayudan a sobrevivir!) gracias a su parasitarnos, ya sea en nuestros intestinos, en las escamas de nuestra piel, etc….-. Pero esta frase permite más desarrollo. Dicha así podría llevarnos a creer que el pensador es un ente aislado y recluido, como decía, entre cuatro paredes. Bueno, puedo hablar por mí y mi tema, de mi libro todavía no y por ello permaneceré en la estancia aunque no se hable de él, para discutir la futilidad de semejante afirmación.

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Tiempo de efemérides: entre Karl Marx y José Ortega y Gasset

Aprovecho, en primer lugar, para pedir disculpas por el desorden actual en el blog. Poco a poco intentaré darle un formato más ‘profesional’ y, sobre todo, cómodo y agradable para los/las visitantes y viajeros/as del mismo. Por otro lado, la frecuencia de las entradas va a reducirse todavía más en lo que sigue, pues voy centrar la mayor parte de mis esfuerzos en concluir mi tesis para final de este año. No obstante, recientemente se han ‘celebrado’ los efemérides de dos de los pensadores, no sólo para mi, más importantes de la historia de la filosofía (entre muchos otros, claro está, cfr. (http://chestertonblogdotcom.wordpress.com/). No podemos dejar de dar cuenta de ello, al menos, en un blog como este y, sin duda, por la propia cuenta que a nosotros/as nos trae.

Marx barba        Ortega y Marx

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Corollarium al conjuro de Ortega

Nunca ha sido bueno atiborrarse de fluido, ni aunque este venga recomendado por el mismísimo García, pues, ya saben, los ‘anacronópatas’ beben y beben y nuestro Phrontisterion los transporta donde él quiere. Hoy trato de centrarme en el tema que, en algún momento, habré de defender: La ecología de José Ortega y Gasset. Debo a partir de ahora, y ya desde entonces, algunas respuestas e interesantes conversaciones en red, a algunos lectores de este breve blog.

endorcismo

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Resistir a la hipótesis de la “colisión termo/gen” (Thermo/Gene Collision)

Las sociedades humanas, tomada “la civilización” por sus partes, son un caso muy particular de entre el catálogo de los sistemas vivos autorganizados. La peculiaridad es que su desarrollo no sólo responde a cambios, estímulos o impulsos por mor de su naturaleza, pues es también capaz de modificar los vectores de su comportamiento en base a la alquimia del lenguaje (logos) que realiza. El uso de la palabra, le da al humano la capacidad de crear instituciones acumuladoras de información, y estas le permiten la posibilidad de poder decidir y actuar de una manera consciente, es decir, en base a un plan de acción determinado a sus objetivos (telos). No se encuentra ningún ejemplo similar, capaz de participar de esta fabulosa capacidad para organizarse y mutar de la sociedad humana, en la retahíla evolutiva: es por tanto muy posible que no haya leyes generales que expliquen la organización y el cambio propio de nuestras sociedades.

Una consecuencia de lo anterior, es que es inútil buscar leyes y determinismos naturalistas para orientarnos en el despliegue civilizatorio apropiado para continuar la historia. Más bien, como han explicado diversos especialistas en sociología y medioambiente (entre ellos, Ernest García), el cambio de las sociedades responde a la evolución cultural, y no tanto a la natural. Sin embargo, resulta preferible por evitar confusiones respecto de una idea de “evolución cultural”, hablar de «cambio social, o simplemente de historia» -como decía Ernest en una de sus clases-.

Este es un argumento a favor de una conocida y denostada afirmación orteguiana que se puede resumir en que “el hombre tiene historia y no naturaleza” (Ortega y Gasset, O.C., Taurus, T. V, p. 343.). Veamos por qué. Ernest García, para posicionarse de la manera que anteriormente hemos mencionado, ha tomado a las sociedades como entidades vivas, como puras corporaciones, remarcando que en ellas, los cambios no se dan según una naturaleza, sino en base a variaciones en el uso del lenguaje y del pensamiento en general. No cabe duda de que las corporaciones inmediatamente inferiores que constituyen las sociedades humanas, son las generaciones de individuos que se entrecruzan durante el despliegue cronológico. De este modo, la única manera de anticipar, o tratar de esbozar un patrón de conductas, es observar la historia de estas sociedades, los diferentes vientos que ha propiciado el paso sucesivo y solapado de generaciones y generaciones de humanos -¿algo así, limadas sus asperezas, como el método histórico de las generaciones?-.

No obstante, cabe la pregunta acerca de qué alienta esa historia, cual es el material básico que suscita la dinámica histórica generacional -habiendo descartado, tal vez demasiado pronto, un fantasma biológico como demiurgo del sistema-; sencillamente, diríamos que son los genes, con toda su problemática. Tal vez conozcan la hipótesis de la colisión termo/gen (Jay Hanson, “Thermo/Gene Collision – On Human Nature, Energy, and Collapse”, The Social Contract, vol. 17, nº 3, 2007. Disponible online: http://www.thesocialcontract.com/artman2/publish/tsc1703/tsc_17_3_hanson.shtml), en ella se nos advierte de la profunda disonancia entre las características de un sistema como el termodinámico (limitado e irreversible), y las clausulas de protección de la impronta genética (ilimitado y potencialmente indefinido). Si es cierto que el egoísmo lleva al gen a desear acaparar el universo, lo es también que pronto no habrá universo suficiente para tanto egoísmo: «cuando nuestro subconsciente sienta que es mejor para nuestra salud mentir, engañar, robar, violar o matar, entonces lo haremos. Es nuestra herencia genética» (Hanson 2007, último párrafo); o como puntualiza García:

«La expresión alude al cruce entre las leyes de la termodinámica (que causan que la provisión de recursos sea cada vez menor) y los impulsos genéticos (que reclaman siempre más y más). (…) El resultado es que una situación caracterizada por la sobrepoblación y por el declive en la oferta de recursos desemboca necesariamente en una desorganización catastrófica. La conservación del orden social requeriría más y más cooperación, pero los individuos están programados genéticamente para reducir la cooperación y perseguir ventajas adaptativas. Los poderosos recurrirán entonces a todos los medios a su alcance –incluyendo las armas nucleares– para incrementar su porción en el reparto y para mantener las jerarquías sociales.» (Ernest García,  (2007). “Los límites desbordados. Sustentabilidad y decrecimiento”. Trayectorias, 9(24), 7-21, p. 15).

Según veíamos, el humano debe realizar un triple salto mortal (desde la cima de diversos trampolines fáusticos): sobrevivir a un ecosistema finito, irreversible y hostil; sobreponerse a los límites biofísicos que le impone su propia naturaleza (en inextricable vínculo con el ecosistema); y solazar los ímpetus metafísicos de las cláusulas de protección inscritas en su genética –decimos metafísicos por cuanto rebosan las fronteras físicas y termodinámicas, según señalaba la hipótesis termo/gen-. Hemos de recurrir, forzosamente, a una nueva filosofía “capaz de hacerse”, con todas sus implicaciones sociales, políticas, económicas, etc.

¿Arqueros o monstruos que fracasan?

Praxis prefigurativa en José Ortega y Gasset y la idea de responsabilidad intergeneracional

 

(Algo muy breve que he escrito como propuesta tardía para un congreso).

Extr.:

«…el material básico de las generaciones, el llamado a cumplir con su parte de la misión conjunta, es, como decía Benavides: un «monstruo propicio». La enfermedad que sufre, su extranaturaleza, su exceso de fantasía, le proporcionan al humano una posición privilegiada y brutalmente inaudita para el resto de la vida en la tierra. Sin embargo, cabría, a la luz de la realidad actual, considerar que este monstruo viene fracasando con renovado empeño: se desvela entonces, más bien, como un monstruo “que propicia” -como no podía ser de otra manera- monstruosidades.»

 

Imagen

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¿Centauros, cinocéfalos o caballeros del espíritu?

cinocéfalo

(Este texto ha sido enviado como propuesta para el I Congreso de Red Española de Filosofía, recoge de manera sintética las líneas de mi investigación: os invito a criticarlo sin piedad…)

 

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Anécdotas de la filosofía (Ortega y Gasset y Martin Heidegger I)

http://www.ellibrepensador.com/2014/01/19/ortega-y-gasset-en-el-cogote-de-heidegger/

«No hay nada más curioso que el aldeano, precisamente porque está resuelto a no salir jamás de su aldea. La curiosidad de la portera sólo se ocupa de los vecinos de la casa. En rigor, no es curiosidad, porque no se busca más que saber en detalle lo que ya se sabe en general. Es nimiedad, miopía, que quiere decir óptica de ratón». (Ortega y Gasset, T. II, 826; no necesariamente refiriéndose a Heidegger, pero a propósito de un texto sobre trajes tradicionales).

obra172Cuando no estaba sumido en una depresión parcial, Ortega hubo de ser un tipo muy fresco. De esta faceta, bastante poco conocida -o a veces sepultada por académicos ‘acartonados’-, da buena cuenta la biografía parcial de Gregorio Morán. El relato de Morán, aunque algo ‘pornográfico’ (sobre todo al desvelar las vicisitudes de la relación entre Ortega y su Julianico –Julián Marías), se refiere mucho al Ortega picarón (deben saber que fue un auténtico ‘lovermen’, tal vez más epistolar que consumador, pero disfrutaba mucho del cortejo y del pavoneo entre sus oyentes femeninas –siendo en esas ocasiones, más ‘hortera’ que Ortega).

Al final de su vida, Ortega se refiere a sí mismo como «un pequeño señor español que tiene cara de viejo torero» (T. VI 783). Entonces ya debía estar con un bajón considerable, esperando que la fundación Rockefeller le montase un chiringuito para moverse, y sanear su imagen, en territorio norteamericano. Hubiera sido la última proeza del filósofo madrileño, imagínense lo que supondría para él, un entusiasta inconfeso del progreso y la modernidad –sobre todo en su última época y pese a su autoafirmación como «muy siglo XX, pero nada moderno».

Pedro Cerezo ya insinuó la posibilidad de que, frente a Martin Heidegger, Ortega sea un entusiasta de la modernidad y de la técnica (como ilimitada), frente a la visión más peyorativa que este tenía de la misma. Empero, situar a Heidegger y a Ortega frente a frente no sea el mejor planteamiento. Si recuerdan el celebérrimo coloquio en Darmstadt (1951), en el cual O y H dieron la nota entre un grupo de arquitectos, recordaran también las suculentas anécdotas que tuvieron lugar durante la celebración, y los arrabales, del mismo.

Ortega defiende a Heidegger, pero se la ha pasado bien observándolo durante la conferencia –mostrando un humor muy de gomaespuma-. Haciendo una especie de ‘troll-hermenéutica’ (sic), lo que me parece entender es que mientras Heidegger cascaba sobre su visión de “Bauen, Denken, Wohnen”, Ortega se lo imaginaba cascando por el cogote: «…admitía con buen humor la posibilidad de que un día Heidegger hable por el cogote» (T. VI, 802). También dice Ortega  -ay, aquí no está muy lúcido como metaforista- que «Heidegger (…) deja embarazadas a las palabras». (T. VI, 802). Y a Hanna Arendt si se descuida.

En el mismo texto Ortega afirma que los escritos de Heidegger están llenos de profundidad; cosa que, con mala uva, me sugiere que Ortega ya se lo imaginaba revolcándose como un lechón en la miseria del ser:

«Heidegger es profundo (…) necesito agregar que no sólo es profundo, sino que, además, quiere serlo, y esto no me parece ya tan bien (…) padece de manía de profundidades (…manifiesta cierto prurito de revolcarse en lo abismático». (T. VI, 803).

Sobre la profundidad de Heidegger, es interesante reparar en su interpretación para la ecología profunda (deep ecology); no podemos engolfarnos con ella, pero tampoco podemos dejar de señalar que tal vez sean ellos quienes hayan extraído las palabras que el cogote de Heidegger supuraba –una panda de «cinocéfalos» diría Ortega.

Brutal, por último, esta evocativa imagen: «…no debe sorprendernos (…) que Heidegger haya querido convertirse en ventrílocuo de Hölderlin». (T. VI, 810). Y eso que Ortega no había visto todavía “Total Recall” y ni podía imaginarse la posibilidad de Cuato.

Yo, con mi vena orteguiana, y si algún día llegara a dar clases en alguna universidad (para entonces la civilización estaría ya totalmente perdida), me plantearía seriamente la posibilidad de calzarme un traje de ‘saraguey’ (en parte, similar al de tirolés), para molar como Heidegger. De este episodio de la vida de Heidegger, pueden ver una referencia en la obra de Juan José Sebreli, recibida de forma dispar en el mundo académico, “Heidegger, el lugarteniente de la nada”.

saraguey

En cualquier caso, esta faceta de Ortega, forma parte de su lado oscuro. Me explico, para el final de sus días, y de sus páginas, Ortega pierde fuelle; por eso, parece dejarse seducir con más intensidad por aquellas loas a la plasticidad del ser del humano, que tanto estorban a alguien que anda rastreando la ecología orteguiana. Tal vez Ortega se las veía venir y, aunque Ferrater afirme lo contrario, se despertó en él un deseo de inmanencia. Nada que reprochar, Ortega se moría cada día un poco más, enfermo y con mal sabor en la boca –pues España, continuaba invertebrada-. Por lo menos, hoy todos continuamos hablando de él, aunque haya muerto. Aunque no tanto como deberíamos a la que fue, tal vez para siempre, la mente más filosófica que ha pululado por esta infame piel de toro.

Despidámonos con Ortega “haciendo amigos”, acá entonces explicará sus sentimientos hacia Heidegger, y se ‘congraciará’ con el existencialismo emergente por entonces:

«Heidegger…

[el que deja embarazadas a las palabras, el que habla por el cogote, el que gusta de revolcarse en lo abismático y que, esto es lo que más le jode –aunque no tiene porque ser verdad-, pensó años más tarde lo mismo que él en Meditaciones del Quijote (1914)]

…–que por lo demás era amigo mío- [menos mal; o como dice Zizek: “con enemigos así quién necesita amigos”] ha repetido cosas que habíamos dicho en España trece o catorce años antes. No quiero hablar del señor Sartre, que ha venido más tarde y no ha comprendido suficientemente las cosas.» (T. VI, 1120).

Ortega, ahora sí, torero. (Mis disculpas a quien haya podido sentirse ofendido, admiro a ambos pensadores, solo que Ortega, me resulta más familiar).