Agonía, educación moral y optimismo ‘non confeso’ en Emil Cioran

Leer a Emil Cioran mientras atardece entresemana es un ejercicio mucho más gratificante de lo que pudiera parecer a primera vista. De hecho, aunque hay que decir que lo hacíamos sin ningún motivo de congoja fuera de lo normal, cuando el otro día repasábamos las páginas con las que comienza su primera obra (En las cimas de la desesperación, 1933) terminábamos por compartir algunas carcajadas a la salud del venerable especialista de la muerte. Ahora, más que nada por contrastar su pretendida hilaridad, quería comentarles dos de las ideas relativamente sostenibles que nos surgieron durante aquel rato.

En realidad vino después, pero considerando que de algún modo implica a toda su biografía y su obra, la hipótesis generalista que tentativamente elaboramos merece ser la primera. Su verificación, evidentemente ya imposible, implicaría el reconocimiento de que Cioran no era en el fondo tan pesimista -o, en otras palabras, que no era del todo pesimista– por los motivos que expondré a continuación. Como verán enseguida éstos no tienen mayores pretensiones, ni alcances, que las de improvisadas reducciones a lo absurdo; así, pues, les dejo abierto un recurso a la fuga a los estudiosos y los eruditos.

Que se puedan corroborar sin mayores contratiempos, Cioran creyó, aunque durante poco tiempo, en al menos dos personas; a las cuales, sin mayores repercusiones, repudió posterior y definitivamente en distintos momentos. Ya que todo tiene que decirse, el más destacable de los dos es Adolf Hitler, y su pasión por él duró algunos años durante los cuales también estuvo obsesionado con la idea de Rumania. No cabe duda de que entonces su optimismo se cifraba en el mundo dibujado por el Führer -quien, por cierto, le persiguió ya para siempre en algunas de sus pesadillas recurrentes- y de que también tenía ilusiones respecto de la efervescencia y el progreso de su nación natal. Afortunadamente, Cioran no tardó mucho más de siete u ocho años en abandonar semejantes convicciones.

Sin embargo, al tiempo que idolatraba a ese abyecto personaje de la historia, Cioran no dejaba de idolatrar, con severos atenuantes, a la segunda persona en la que confió verdaderamente casi hasta el final de sus días. Se trata de él mismo. Cioran reniega de su propia existencia, más adelante publicará incluso un volumen titulado Del inconveniente de haber nacido (1973) pero ya en 1933, con veintidós años, estaba diciendo cosas del estilo:

«El hecho de que yo exista prueba que el mundo no tiene sentido. ¿Qué sentido, en efecto, podría yo hallar en los suplicios de un hombre infinitamente atormentado y desgraciado para quien todo se reduce en última instancia a la nada y para quien el sufrimiento domina el mundo? Que el mundo haya permitido la existencia de un ser humano como yo prueba que las manchas sobre el sol de la vida son tan grandes que acabarán ocultando su luz. La bestialidad de la vida me ha pisoteado y aplastado, me ha cortado las alas en pleno vuelo y me ha negado las alegrías a las que hubiera podido aspirar» (p. 12 en archivo online).

Si las recuerdan, puede que la infancia y la juventud de Cioran no les parezcan hoy por hoy las más terribles. Él mismo llega a decir que no imagina a nadie con una infancia tan feliz como la suya, aunque siempre relata, justo a continuación, la profunda desgarradura que le supuso abandonar el entorno rural donde tan feliz había sido de niño. Por mor de sus estudios, primero de instituto, luego superiores en distintas partes de Europa, Cioran tuvo que abandonar su pueblecito de nacimiento cercano al más carismático Sibiu, y ello le supuso un tremendo disgusto. Cosa, hay que reconocer, muy comprensible, pues se sabe bien que el primer día de colegio siempre se llora. Pero Cioran, en mi opinión, algo diletante e innegablemente trasnochado, se presenta ya por aquel entonces como un especialista de la muerte, pese a que, al parecer, tampoco estuviera especialmente contento, ni familiarizado, con esa condición.

El caso es que, aunque se repudie una y otra vez a sí mismo, Cioran se cree: está, hasta cierto momento, y a falta de medidas más satisfactorias que comentaremos para finalizar, convencido de que las paganas letanías de sus obras podrían llegar a conseguir cambiar algo del mundo. Si no, ¿por qué escribe? No es que la vanidad de Cioran fuera algo destacable, sino más bien muy al contrario, claro, pero el hecho de que continúe escribiendo -lo que quiere aunque lo repudie consecutivamente- y publicándolo, implica alguna intencionalidad por su parte. Las otras explicaciones serían que lo hace como terapia y único recurso para soportar el mundo y la realidad, cosa que menciona en alguna ocasión; o que lo hace para mantenerse, a modo de trabajo, de igual modo, diría yo, a como su padre desempeñaba el oficio de sacerdote ortodoxo sin excesivo rigor más allá de la congregación y los oficios.

EN cualquier caso, en los noventa Cioran ya no escribe, se ha cansado de negar y negativizar al personal. Lo interesante es que, en realidad, solo entonces se muestra como un auténtico pesimista: nada sirve ni tiene sentido, ni siquiera mi propia obra. Tal sea la suya una pérdida de la memoria que, aunque mediada empíricamente por el mal del Alzheimer, responda a profundos deseos de autonegación, y a un pesimismo al que, entonces sí, ya se ha precipitado por completo.

Me gustaría terminar exponiendo la segunda de las ideas que les mencionaba al principio. En Cioran, como refleja un pasaje de su primer libro, cabe identificar el intento de elaborar un simple y contundente método de educación moral, sobre cuya permanencia posterior no podría decir nada más en estos momentos. Pero lo que traigo no es poco. Muy seguido de la cita que recordábamos anteriormente, Cioran trata de responder a una sencilla pregunta: «¿os quejáis de que los seres humanos sean malvados, vindicativos, ingratos o hipócritas?», aportando por contrapartida un singular proyecto de, por así decir, educación moral general:

«Yo os propongo, por mi parte, el método de la agonía, que os permitirá evitar profesionalmente todos esos defectos. Aplicadlo, pues, a cada generación —los efectos se manifestarán inmediatamente. Quizás así sea yo también útil a la humanidad… Mediante el látigo, el fuego o el veneno, obligad a todo ser humano a realizar la experiencia de los últimos instantes, para que conozca, en un atroz suplicio, esa gran purificación que es la visión de la muerte. Dejadle luego irse, correr aterrado hasta que se caiga de agotamiento. El resultado será, sin duda alguna, más brillante que el obtenido mediante los métodos normales. ¡Lástima que no pueda yo hacer agonizar al mundo entero para purgar de raíz a la vida! La llenaría de llamas tenaces, no para destruirla, sino para inocularle una savia y un calor diferentes. El fuego con el que yo incendiaría el mundo no produciría su ruina, sino una transfiguración cósmica esencial. De esa manera la vida se acostumbraría a una alta temperatura y dejaría de ser un nido de mediocridad. ¿Quién sabe si incluso la muerte no dejaría, dentro de ese sueño, de ser inmanente a la vida?» (p. 12, negrita añadida).

Aquí se ve al Cioran más satisfecho consigo mismo al autoproclamarse salvador de la humanidad, así como conocedor del resorte que le haría reconsiderar el resto de su vida a cada uno de sus individuos. A todas luces, el filósofo delata su ufanía. Cabe decir, aunque ya lo hemos insinuado, que un pesimista integral tal vez ni siquiera se molestaría en publicar sus obras -considerando los insoportables inconvenientes que Cioran aun así soporta- que mucho menos pensaría que las mismas podrían llegar a cambiar nada ni a nadie, y que tampoco buscaría el hecho de lucrarse, ya que ni siquiera el dinero le daría la felicidad. Si todo es una mierda, todo es una mierda. Francamente, alguien así seguramente no tardaría mucho en suicidarse, pero hay otras alternativas.

Respecto del cruel método de educación moral de Cioran, hay que poner en duda seriamente sus propiedades terapéuticas y sostenibles. Para comenzar, ¿cuándo se aplicaría dicho método, dicha -por decirla de algún modo- petite morte? Si se opta por un momento puntual que sea el mismo para cualquier habitante de la tierra –por ejemplo, a los quince años- éste inevitablemente terminaría convirtiéndose en un rito de paso rodeado de los festejos correspondientes. A los catorce años se aguardaría ya con impaciencia y morbo esa especie de confirmación/negación, llegándose a instituir una celebración similar a la primera comunión cristiana católica de hoy en día. Por otro lado, brotarían locales clandestinos donde los adictos pudieran obtener nuevas sesiones de pequeña muerte, porque, no nos engañemos, es una cosa que, en un momento y de un modo u otro, casi cualquier individuo ha querido experimentar… y repetir. En resumidas cuentas, el método de la agonía de Cioran perdería mucha gravedad de llevarse a la práctica, terminando por convertirse bien en un choteo, bien en un nuevo instrumento del espectro capitalista que nos sobrevuela sin descanso.

Cioran y un joven Fernando Savater.

Cioran y un joven Fernando Savater.

Me permitiré concluir confesando, como ya advertí, que todo esto ha sido una broma con la que el otro día nos reíamos, y que se la he presentado en la forma más cómica que he hallado -aunque lo dicho, quede dicho. A mi no me falta respeto hacia Cioran, por equivocarse y rectificar, por resistir aunque su mundo estuviera tan descompuesto, como tampoco por el hecho de que abandonara su lengua para escribir en francés; demostrando así que, en realidad, era también un artista -triste, pero artista. Lo más gracioso es que no es que yo sepa mucho sobre este filósofo -al menos, nada a lo que no ustedes mismos no pudieran acceder gracias a las bibliotecas virtuales de la red- enturbiando todavía más los motivos por los que me lanzo a esta escritura incontinente.

Qué puedo decir. Cuando consigo escribir también a mí me sienta como una terapia. Pese a que tengo por bien seguro que ni de lejos cambiaría a nadie con los exabruptos que acometo; y ganar, lo que se dice ganar, apenas ganaría con ellos una palmadita de condescendencia. Estoy convencido de que prácticamente nada de lo humano tiene sentido -por no hablar de ecología- de que prácticamente nada servirá de nada frente a nuestra necedad: moriremos necios y enajenados, así como necios y enajenados hemos vivido. En la práctica, no nos engañemos, es muy probable que nadie, o casi nadie, logre alcanzar el ideal de conducta que se haya marcado así mismo. Entonces recordamos que no pertenecemos al mundo, que solo somos fortuitos accidentes de la materia engañosamente autoconscientes. Así las cosas, seguimos adelante, siendo algo más pesimistas incluso que Cioran, pero no de una manera integral.

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