Carlos y el martillo de Schrödinger

Desde que la conozco, me he preguntado en repetidas ocasiones por qué Schrödinger eligió un gato para enunciar su paradoja [1] habiendo, como había en los años treinta y sigue habiendo todavía, una nutrida especie de animales corruptos con cuyo encierro –y, al menos, potencial eutanasia– se hubiera congratulado la humanidad en medida mucho mayor. Lo que planteaba el austríaco se ha convertido en una de la preguntas incontestadas más conocidas de la física cuántica, y, como pueden ver, por ejemplo, en la wikipedia [2], da para pasar un buen rato discutiendo ese tipo de cuestiones aparentemente tan irrelevantes de la ciencia, pero que podrían llegar a justificar lo asombroso de la posibilidad de mundos paralelos («many worlds»).

Dejemos para otro día estos asuntos de tanta altura física -y, reconozcámoslo, metafísica– para trasladarnos a un antípoda subterráneo: el metro de Valencia. Hoy me ha tenido fascinado durante varios minutos un maravilloso sistema de emergencia que está a nuestra disposición habitualmente en todos los vagones de ese escaso metropolitano. No soy el primero que señala esta paradoja, pero creo que les gustará reparar en lo que les voy a mostrar. Observen la siguiente fotografía y traten de encontrar la incongruencia suma que defiende:

martillo-rompecristales

En efecto, el martillo es imposible de obtener porque solo se puede acceder al mismo rompiendo un cristal; labor, sin embargo, y sorprendentemente, que los ingenieros y rotulistas han reservado para el propio martillo. A continuación, y al hilo del experimento del gato de Schrödinger, nos llueven las cuestiones del tipo:

¿Habrá en realidad un martillo dentro? (aunque sea algo que, sobre todo si obedecemos a dicho mensaje institucional, nunca podamos saber), o ¿quieren decir que hay mundos en el que existe un martillo dentro y otros en los que no? (porque a mí, en caso de tener un accidente, me gustaría saber si estoy en el mundo con martillo rompecristales tras del cristal, o no).
Ahora, para salvar estas intempestivas líneas, tocaría trasladar “la paradoja del martillo rompecristales” a un ámbito de la política o de la sociedad; pero no lo tengo demasiado claro todavía, y, al margen de la defensa de una moderada toilette sociopolítica al olvidado estilo de la Revolución francesa, no tengo mucho más que decir. Empero, tampoco me gustaría concluir este cúmulo de párrafos sin dejar alguna opinión algo más personal, y comprometida.

Si la paradoja de Schrödinger, e incluso el martillo de Metrovalencia, podrían llegar a tener algún sentido, lo que no me cabe en la cabeza es un fenómeno cultural, social y muy político, que en la actualidad ha estado copando los MCM. ¿Cómo se justifica la posibilidad de un martillo defensor de la libertad de expresión que, sin embargo, se ha dedicado a pulverizar minuciosamente algunas membranas –a modo de cristales o cajas- que potencialmente lo albergaban a él mismo? No se entiende un martillo de la libertad de expresión que opere con racismo contundente –porque este va en contra de la libertad de expresión- no se entiende un martillo semejante que opere con xenofobia –porque esta va en contra de…- no se entiende un martillo (como en ocasiones se mostró) sexista –porque este va…- no se entiende un martillo (como en ocasiones se mostró) contra ciertos recursos sociales para la integración, y un larguísimo etc. que habrán podido descubrir en antiguas viñetas de esa revista cómica. Evidentemente, tampoco es comprensible un “martillo del amor de Dios” (sea este el que sea) que opere con un asesinato tan gratuito. Pero, en definitiva, lo que me resulta harto increíble, y al tiempo peligroso, es la posibilidad de un martillo de la libertad de expresión tan fácilmente asible por la izquierda ‘intelectual’ (?) y progresista (?), como por la ultraderecha del FN de la saga Le Pen.

Venga, vamos todos y todas (dibujantes y terroristas) a abrir la caja de nuestra libertad con un martillo que la triture a ella misma en lo más profundo y básico de su sentido. A ver qué nos encontramos dentro.

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