Andalucía y su «ideal vegetativo» de la existencia: el último paraíso occidental. (Relectura en clave ecologista de “Teoría de Andalucía”)

«El vegetal paradisíaco goza mínimamente, pero sin discontinuidad: goza de tener su follaje bajo el baño térmico del sol, de mecer sus ramas al venteo blanco, de refrescar su médula con la lluvia pasajera. Pues bien: aunque parezca mentira al hombre del Norte, hay todavía en este rincón del planeta millones de seres humanos para quienes la delicia básica de la vida es, en efecto, gozar de la temperie deleitable.»

(Ortega y Gasset, O. C., ed. Taurus, T. VI,  182)

INTRODUCCIÓN

Este texto es uno de aquellos en los que Ortega nos expone sin pudores su faceta más ecológica o, al menos, uno de los que más contenido potencial presenta para ser llevado hasta posicionamientos ecologistas contemporáneos. Fruto de una recopilación de ensayos publicado sobre los años veinte, nos presenta aquí un retrato somero, pero de mucho calado, acerca de lo que piensa sobre el alma andaluza. Como a los ecologistas profundos, se les acusará de primitivos, de ser demasiado sencillos, vegetativos y pobres. Sin embargo, precisamente gracias a esto, es, tal vez, Andalucía el último paraíso de Occidente. Un paraíso en el que la vida nace ungida de idealidad, pero no ya una idealidad, o idealismo, cartesiano y mecanicista, sino un idealizar la tierra siempre desde las propiedades reales que ésta ofrece. Veamos, pues, obviando el desastre ecológico que supone la feria del Rocio –¡ay!, un tirón de orejas para los/as rocieros-, qué es eso tan prístino, tan puro y sencillo que nos ofrece la Teoría de Andalucía de José Ortega y Gasset.

EL IDEAL VEGETATIVO

Más vieja que griegos y romanos, es para Ortega el alma andaluza: «por ventura», es el andaluz el pueblo más viejo del mediterráneo. Tanto, que Ortega traza un paralelismo entre éste y «el otro pueblo vetustísimo apostado desde siempre en el opuesto extremo del macizo euroasiático», que no es sino China. Sin embargo, nada tiene que ver –como matiza Ortega- el que tanto mandarín como torero ostenten sendas coletas, pues, en realidad, la del uno es manchué, la del otro, francesa. Salvando el caso de la coleta afrancesada en el torero, es, no obstante, «de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya» (VI, 177), y Ortega va precisamente a elogiar «la fórmula de su cultura» (VI, 181). Esa cultura que es, de modo anticipatorio y nada peyorativo como se verá, la de la «holgazanería».

La cultura, para el madrileño, es «lo que es más discreto»; algo así como «un sistema de actitudes ante la vida que tenga sentido, coherencia, eficacia.» De facto que, como va a repetir el filósofo durante toda su obra, la vida «es primeramente un conjunto de problemas esenciales a que el hombre responde con un conjunto de soluciones: la cultura.» (VI, 177). Lo que alabará entonces Ortega, es el conjunto de soluciones con que el andaluz, y la andaluza, responden a las dificultades que les presenta su propia vida, es decir, las dificultades esenciales que les plantea su circunstancia. En mi opinión y, sobre todo, tal y como es presentada por Ortega, la cultura andaluza, ese «ideal vegetativo», funciona en sintonía con cierta espiritualidad próxima a la ecología profunda –que aquí, lejos de ser denostada por un punto de vista político, será recuperada como la vía auténtica para constituir hombres y mujeres amantes de su paisaje.

La tierra de Andalucía -dice el filósofo del escorial- es «grasa», «ubérrima» y con mínimos esfuerzos da «espléndidos frutos». Sorprende pues que, con muy poca ambición, el hombre –y la mujer- necesite(n) de muy pocos de estos frutos «para sostenerse sobre el haz de la vida»; de ahí que le ha venido la acusación de holgazanería al pueblo andaluz. Aunque, en opinión del madrileño, mientras creamos haberlo dicho todo así, «seremos indignos de penetrar el sutil misterio de su alma y cultura» (VI, 179).

Lejos de una «existencia de máxima intensidad» –que, a expensas del contenido concreto que ofrece este texto orteguiano, podría verse en el contexto de su propia obra como «progresismo» o «utilitarismo»-, el andaluz (término que de ahora en adelante englobará también andaluza) ejerce una «vita mínima»: una solución «profunda e ingeniosa» que, «en vez de aumentar el haber, disminuye el debe». En suma, es «la pereza como ideal y como estilo de cultura»; aunque, como sugiere Ortega, cambiemos ‘pereza’ por «mínimo esfuerzo» y se empezará a vislumbrar un aspecto mucho más respetable. A contrapelo del sentido común de la pereza, ahora «mínimo esfuerzo», cabe notar que los andaluces «vienen a hacer todo lo que es necesario (…) su pereza no excluye por completo la labor, sino que es más bien el sentido y el aire que adopta su trabajo» (VI, 180).

Recordando a Schlegel, Ortega va a decir que «la pereza [es] el postrer residuo que nos queda del paraíso, y Andalucía el único pueblo de Occidente que permanece fiel a un ideal paradisíaco de la vida.» Ahora bien, como decíamos, el paisaje del andaluz (por su ‘uberrimidad’) facilita ese «estilo de existencia» -ese “estilo de vida” -, sin ser, por otro lado, éste un «efecto mecánico del medio» (VI, 180). Más bien, es que el «anadaluz aprovecha (…) las ventajas de su medio» reduciendo al mínimo «la reacción sobre el medio porque no ambiciona más y vive sumergido en la atmósfera deliciosa como un vegetal». Como matiza Ortega, «la vida paradisíaca es, ante todo, vida vegetal», aquella que «no reacciona sobre el contorno», que es «pasiva al medio» (VI, 181).

El andaluz -y no nos olvidemos, la andaluza- «tiene[n] un sentido vegetal de la existencia», se sienten «a sí mismo[s] como el segundo factor, mero[s] usufructuario[s] de esa delicia terrena», adscritos a ella «en forma distinta y más esencial» que ningún otro pueblo (VI, 182). Como afirma Ortega, están, por otro lado, orgullosos, no por especiales cualidades humanas, sino porque «Dios le ha adscrito al rincón mejor del planeta», es el hombre de «la tierra regalada (…) hijo[s] de Adán (…) devuelt[os] al Paraiso». Insistirá posteriormente el madrileño en «esta raiz primaria del alma andaluza que es el peculiar entusiasmo por su trozo de planeta» para, así, reforzar su diagnóstico positivo de la cultura andaluza como cultura campesina (VI, 183). Este era un argumento que defendía al principio del texto que nos convoca, y decía: «no es lo peculiar de ésta [condición de campesinos y campesinas] que el hombre cultive el campo, sino que de la agricultura hace principio e inspiración para el cultivo del hombre» (VI, 178).

Pero, ¿cómo es, en suma, el carácter de esa -casi mística pero sin embargo muy materialista y absolutamente vital- comunión del alma andaluza con su propia tierra? Ortega nos da la respuesta en un bello párrafo que reproduzco a continuación:

«La unión del hombre con la tierra no es aquí un simple hecho, sino que se eleva a relación espiritual, se idealiza y es casi un mito. Vive de su tierra no sólo materialmente, como todos los demás pueblos, sino que vive de ella en idea y aun en ideal (…) ser andaluz es convivir con la tierra andaluza, responder a sus gracias cómicas, ser dócil a sus inspiraciones atmosféricas» (VI, 183).

Al final, pues ya conocen la neurosis orteguiana –faciendum, mobilis in mobile, hacer para ser, ser-siendo-haciendo, etc.…- el madrileño va a sugerir que, tal vez, a las gentes más del Norte nos parezca este ideal «demasiado sencillo, primitivo, vegetativo y pobre». Sin embargo, concluirá Ortega, este estilo de vida a la andaluza «es tan básico y elemental, tan previo a toda otra cosa que el resto de la vida, al producirse sobre él, nace ya ungido y saturado de idealidad»; de ahí que cualquier acto de la «existencia andaluza», especialmente los actos «más humildes y cotidianos», posean ese aire «divino» de idealidad que la «estiliza y recama de gracia». En resumidas cuentas, mientras otros pueblos se hacen valer por los «pisos altos de su vida», el andaluz es «egregio en su piso bajo» (VI, 183).

 

ECOLOGÍA EN EL EGREGIO IDEAL VEGETATIVO DE LA VIDA ANDALUZA

Para la época, y a la luz de no tan buenos films como “Ocho apellidos vascos”, para la actualidad, el retrato que esboza Ortega de la cultura andaluza es muy positivo. Le dice egregio, feliz, satisfecho y somero hasta en los aspectos más humildes de su existencia. De hecho, lo importante es descubrir como parte de esa jovialidad, de ese «sentido deportivo» llevado hasta el nivel reducido de la –ahora positiva- vita mínima, se da en el alma andaluza gracias a su conexión, casi espiritual, con su medio, con su circunstancia –en el sentido limitado de circunstancia/mundo o circunstancia/naturaleza.

Cabe destacar, además, que Ortega enfatiza la escasa ambición del ethos andaluz; aun pudiendo explotar e sobremanera una tierra fértil y ubérrima, se conforma con un estilo de vida adaptado al medio pero gratificante, sin reaccionar sobre él excesivamente. Que gran diferencia respecto de otras culturas, más industriosas, que explotan sin medida todo cuanto la Tierra ofrece para prosperar, enriquecerse materialmente, mientras se olvidan de esa sencilla felicidad del ideal vegetativo. Mucha razón tenía Ortega cuando decía que Andalucía era el último paraíso de Occidente, pues, de ser como dice que son, yo también quisiera abrazar ese «ideal vegetativo» de la existencia, esa cultura de la pereza y de la holgazanería.

Pereza, holgazanería, vegetación, sencillez y felicidad por soleares son, por otro lado, excelentes recursos contra el capitalismo en la actualidad; vean sino un artículo informal, pero sustancioso, de las ventajas y propiedades terapéutico-políticas de la pereza y la holgazanería. Desde acá, el caluroso y mediterráneo este de la península, un balcón privilegiado desde el que Iberia contempla al resto del mundo dando la espalda a Norteamérica, queremos hacer nuestro el «ideal vegetativo» de la vida. Reivindicamos -ahora a viva voz y cuando no a sotto voce y de modo abscóndito- la necesidad de volver a conectar con la Tierra, la necesidad de experimentar satisfacción con esas ‘cosas’ que de ninguna factoría habrán de surgir; parafraseando a Ortega, y cerrando un círculo, se trata de

“tener nuestro follaje bajo el baño térmico del sol, mecer nuestras ramas al venteo blanco, refrescar nuestra médula con la lluvia pasajera. Hay todavía en algún rincón del planeta millones de seres humanos para quienes la delicia básica de la vida es, en efecto, gozar de la temperie deleitable…”.

[Un fuerte y cálido abrazo para F., M. y J.C. -familia, compañero/a y amigo/a- privilegiados habitantes naturales del último paraíso del mundo occidental.]

Anuncios

  1. Sofista

    Precioso texto.
    Existe un escrito hecho a medias, entre Ortega y Zambrano, llamado “Andalucía, sueño y realidad”, ya descatalogado, al menos en las ediciones que yo conozco, que viene al hilo de lo que escribes.
    Saludos

    • joshuabeneite

      Muchas gracias Esther, no conocía ese escrito. Encontré algún ejemplar baratito en Iberlibro, seguro que me aporta cosas para completar este retrato que inicia Ortega. Un abrazo y feliz verano!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s