Generaciones zombis y el ataque del capitalismo verde

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Generaciones zombis y el ataque del capitalismo verde

            Decía haya por 1951 «un pequeño señor español que tiene cara de viejo torero»[1] -José Ortega y Gasset-, que la conmovedora beatería salvacionista de la civilización occidental es propia de los disecadores que se afanan en reconstituir a una momia. Él creía más bien en una muerte bella y honrosa de la civilización:

«Se ha muerto por sí misma: no la han matado enemigos; ella mismo ha sido la fuerza que ha estrangulado sus propios principios haciéndoles dar todo lo que “tenían en el vientre” y probando, en conclusión, que estos principios no lo eran».[2]

            Ortega nos revela en este mismo pasaje una dimensión siniestra de la defunción civilizatoria: «se trata de una muerte que no significa desaparición». Considera entonces la posibilidad de que lo que suceda sea más bien una petit mort, un sustito tras del cual la civilización se revigorice y tome consciencia de su responsabilidad; por ello afirma entusiasta y beligerante: «Como el preboste de París a la muerte del rey gritemos: “¡La civilización occidental a muerto, viva una nueva civilización occidental!” Que la antigua se suceda a sí misma».[3]

            Caben dos objeciones al entusiasmo orteguiano. En primer lugar, decir “¡La civilización occidental a muerto, viva una nueva civilización occidental!” supone incurrir en el error repetidamente señalado por Slavoj Zizek en virtud del cual el remedio incrementa problema. En segundo lugar, “que su muerte no significa desaparición y que la antigua se suceda a sí misma” constituyen reiteraciones del error anterior. No obstante, tomadas como profecía o metáfora prefigurativa, las palabras de Ortega nos conmueven nuevamente para una reflexión del problema de nuestro tiempo.

            Tal vez el error de Ortega fuera esperar una renovación en positivo, un avance, un desarrollo porque, en las antípodas, la civilización esta desde entonces enquistada. Si murió, sobrevive bajo constantes vitales mínimas -alentadas por un consumo desaforado de los recursos medioambientales-. Como ente, podría decirse entonces que su estado es el de no-muerto y su carácter el de un voraz apetito, esto es: un zombi.

            Nos surge al paso la idea de una agonizante civilización capitalista que sobrevive como un cadáver insepulto. Retomando alguna ‘lección’ de Zizek, este marco circunstancial coincide con la idea de un capitalismo global que trata de recuperarse en un aparente mutatis mutandis -que no resulta sino un engañoso ceteris paribus-. Esta mediática mutación ha virado hacia el territorio de la ecología confeccionando un mercado ‘verde’ de lo más chic. Como acertadamente protesta la poetisa chilena Nieves y Miro Fuenlazida  esta inercia nos insta a «cambiar radicalmente, pero dentro de los límites del sistema para que nada cambie» proporcionando únicamente «la ilusión de que nos movemos para luego quedarnos en el mismo lugar», mientras que la realidad nos devuelve que «La idea de retornar a una naturaleza harmónica sin modificar el orden capitalista es un proyecto neoliberal que solo constituye una ficción particular».[4]

            La tarea pendiente, y la lección que tanto Ortega como Zizek nos aportan, es que no debemos dejarnos llevar por una actividad frenética en pos de una redención inalcanzable –y tal vez sin sentido- que no hará sino continuar con la «alteración» del estado de la civilización. Ya sea para «ensimismarnos» con Ortega o para ‘maquinar’ con Zizek, deberíamos tener al tiempo un pie cerca del suelo y el freno de la locomotora firmemente asido: el horizonte anuncia repentinos virajes y nuevas catástrofes si las condiciones socioecológicas de la civilización no se replantean con severidad.

            Ahora bien, ¿qué debe cambiar para que nada de lo que no debe cambie, mientras que lo que sí conseguimos arrumbarlo lejos de nuestro ser?, ¿es la vuelta a la industria olduvayense una eutopía más que una catástrofe?, ¿ofrece la noir ecology[5] una respuesta sensata o nos sitúa en los umbrales de un giro esencial del ser del humano? Por lo pronto “Cinco pruebas irrefutables de que el Apocalipsis zombie ya ha empezado”[6]:

«Las epidemias zombies están íntimamente vinculadas a momentos de crisis: cuanto más profunda es la recesión, más pelis de zombies se estrenan. Pero los zombies no están sólo en la pantalla sino entre nosotros (…) Así, que si piensas que puedes llevar a tu churri al cine y luego a cenar al Foster Hollywood, estás aviado. ¿O acaso no aprendiste nada del vídeo de ‘Thriller’?»

 

            Se avecina un holocausto soilent.

 

 

[imagen James Robert Smith, The New Ecology Of Death: A Zombie Novel, 2013]


[1] Ortega y Gasset, José, Obras Completas, Taurus, Madrid, T. VI, 2004-2010, p. 783.

[2] Op. cit. 792.

[3] Ibídem.

[4] Miro Fuenzalida, Nieves, La ecología del miedo, 14 de diciembre de 2010:

http://www.surysur.net/2010/12/la-ecologia-del-miedo/

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