Fragmento de texto sobre ecología profunda y nacionalsocialismo: Maurice Strong y su parecido razonable a…

Con demasiada frecuencia la deep ecology  ha sido acusada de conformar un anti-humanismo y de funcionar con una cultura nazi resobada. Por ejemplo, Maurice Strong, que fue secretario general de las cumbres de Estocolmo 1972 y Rio 1992 de la ONU sobre medioambiente, ha sido recientemente calificado como “el hombre más peligroso del mundo”[1]. El motivo fue que este anciano (¡increíblemente parecido a Martin Heidegger![2]) declaró en una entrevista que «La única manera de salvar al planeta de la destrucción es que las civilizaciones industrializadas se derrumben».[3] Todos sabemos que la fórmula “cuanto peor, mejor” no es aplicable al ecologismo, y sin embargo, no dudamos en la parte de razón que tiene Strong.

En otros términos, Mark Burdman[4] (vinculado a los servicios secretos americanos) afirmó que Arne Naess y sus secuaces de Earth first! fueron unos auténticos ‘eco-nazis’, tras escuchar unas desafortunadas declaraciones de uno de sus líderes aludiendo al SIDA como un remedio para la superpoblación mundial. Cabe, sin duda, discutir este calificativo debido a su enfoque marcadamente tendencioso, aunque sin embargo, como trataré de mostrar, existe una conexión innegable entre la cultura ecologista profesada por el nacionalsocialismo y la filosofía de la ecología profunda que posteriormente se desarrolló. Hablemos ya pues de “cosas nazis” (como le gusta a Peter Griffin), que sin embargo, han sido tácitamente asumidas por la comunidad internacional.

 

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[1] DEWEESE, T.: “Maurice Strong: the most dangerous man in the world”, Liberty News, 2012, [Consultado el 2 de Julio de 2013],  http://www.libertynewsonline.com/article_301_31821.php

[2] Cfr. [Consultado el 2 de Julio de 2013], http://www.mauricestrong.net/

[3] Daniel Wood entrevistó en mayo de 1990 a Maurice Strong para la revista West.

[4] BURDMAN, M.: «Eco-Nazis welcome AIDS to reduce world population», Executive Intelligence Review, 15 (27) (1998), pp. 55-56

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